Luego de cruzar la frontera hacia Argentina por el paso Jama, entramos a la llamada Puna Jujuña, donde se puede apreciar los típicos paisajes atiplánicos, por una ruta en buen estado hasta llegar al pueblo de Susques, el cual se encuentra colmado de ruinas indigenas, casas y calles color tierra. Su Iglesia, de adobe, data del año 1670, en la nave central se puede apreciar pinturas del Cuzco Peruano. Existe también una interesante reserva de llamas y vicuñas, y la posibilidad de intentar la pesca de truchas en las cercanas lagunas del Angosto de Taire.
Pasando Susques nos encontraremos que las Salinas Grandes, un espectacular manto de Sal que nos ofrece un panorama lleno de magia e inmensidad. Además cuenta con una cafetería hecha con bloques de sal donde se puede hacer un descanso recomponedor para recobrar fuerzas para el viaje. Se puede proseguir por la RN 52 hacia San Salvador de Jujuy o tomar la RN 40 rumbo a Abra Pampa. Siguiendo por la RN52 el camino comienza a subir, ofreciéndonos espectaculares vistas panorámicas del altiplano y las Salinas grandes, para luego comenzar a descender por la impresionante cuesta de Lipán, hacia el poblado del Purmamarca y la Quebrada de Humahuaca.
Otra alternativa de recorrer la Puna Jujeña es seguir por la ruta 9 que pasa por la Quebrada de Humahuaca, rumbo a Abra Pampa y La Quiaca, desde donde se puede acceder a la Reserva Laguna de los Pozuelos y recorrer hermosos poblados altiplánicos.
La Puna acoje una sucesión de paisajes naturales y de formas caprichosas, y en su corazón anida Casabindo, con su Iglesia Catedral de la Puna. Allí, cada 15 de Agosto, se realiza la celebración del Toreo de la Vincha en honor a la virgen de Asunción.
Leyendas, magia y misterio dominan la agreste geografía de Abra Pampa, la “Siberia Argentina”
En el pueblo fronterizo de La Quiaca se realiza todos los años una feria del trueque, conocida como la “Manka Fiesta o Fiesta de las Ollas”. Por aquí se puede cruzar a Bolivia rumbo a Tarija y Tupiza.
En La Quiaca, se encuentra Yavi, verde mancha en la aridez de la Puna. Conserva el tiempo detenido en sus calles de piedra y su milenaria Iglesia atesora el esplendor de un púlpito y un altar tallado a mano hace siglos y laminados integralmente en oro.